SOMOS ENERGÍA

por | Jun 16, 2026 | TUS PENSAMIENTOS SON SEMILLAS | 0 Comentarios

 

NOS ASUSTA NUESTRA PROPIA MORTALIDAD, CUANDO EN REALIDAD ESTAMOS RODEADOS POR LO ETERNO

 

A los antiguos alquimistas les encantaba asombrar… y yo me asombraba con ellos.

Desde que el ser humano tomó conciencia de su propia existencia, ha buscado la manera de vencer al tiempo. Confieso la admiración que tenía ya desde muy joven por la alquimia, en su búsqueda del elixir de la eterna juventud; en lugar de salir a divertirme o a bailar, a veces me quedaba en casa leyendo testimonios de todos aquellos que soñaron con escapar delas leyes inmutables de la naturaleza que dictan que todo lo que nace crece, envejece y finalmente muere.

Sin embargo, el tiempo ha ido  transcurriendo hacia adelante, y yo, como todos, he ido sumando años. Y es que  la vida parece recordarnos constantemente que nada permanece igual. El niño lleno de curiosidad y energía se convierte en joven; el joven alcanza la madurez; el adulto avanza hacia la vejez. Con el paso de los años, la fuerza física disminuye, los movimientos se vuelven más lentos y el cuerpo muestra las huellas del paso del tiempotiempo. A simple vista, podría parecer que la energía se desvanece.

Conversa con cualquier persona mayor que hayas conocido de joven, un ser querido como madre o padre, por ejemplo. ¿Dónde ha ido toda la energía que tenía de joven, que era capaz de hacer un sinfín de actividades a lo largo del día?  Me pregunto viendo a mi madre dónde ha ido aquella energía que tenía, y cómo ha menguado tanto…

La naturaleza nos enseña otra lección. En el universo nada se pierde realmente. La energía no desaparece; se transforma. Lo mismo ocurre con la materia: ni un átomo deja de existir, sino que cambia de forma y pasa a formar parte de nuevos procesos y nuevas vidas.

El ciclo del agua es un ejemplo perfecto. Después de  miles de años en el subsuelo, el agua brota del manantial, alimenta los ríos, llega al mar, se evapora con el calor del sol, forma nubes y regresa a la tierra en forma de lluvia. Eso ocurre una y otra vez, en un movimiento continuo que parece no tener principio ni final.

Quizá nuestra existencia siga una lógica semejante. La energía que impulsa la infancia no desaparece cuando llega la edad adulta; se transforma en conocimiento, experiencia, afectos, recuerdos y sabiduría. Del mismo modo, la energía vital que parece menguar en la vejez no se extingue, sino que adopta otras formas menos visibles, pero igualmente valiosas.

Somos parte de un universo en constante transformación. Nacemos, crecemos, cambiamos y finalmente regresamos al gran ciclo de la naturaleza. Tal vez la verdadera enseñanza no consista en buscar la eterna juventud, sino en vivir el momento presente, en comprender que somos energía en movimiento, una expresión temporal de una fuerza que existía antes de nosotros y que continuará existiendo después.

Aprenderíamos a creer en lo eterno y dejaríamos de identificarnos tanto con lo temporal.  La vida no sería entonces una lucha contra el tiempo, sino una participación consciente en un proceso eterno de transformación.

Vivir de esta manera nos llevaría a vivir las etapas de la vida como los estados del agua: la infancia como manantial, la juventud como río impetuoso, la madurez como el rio caudaloso que nutre su entorno y la vejez como el mar, donde convergen todas las experiencias antes de iniciar un nuevo ciclo.

Nos asusta nuestra propia mortalidad porque contemplamos el final de nuestra existencia individual. Vemos cómo el cuerpo envejece, cómo la fuerza disminuye y cómo el tiempo parece arrebatarnos poco a poco aquello que fuimos. Sin embargo, mientras tememos lo inevitable, olvidamos que estamos rodeados por la eternidad.

Lo eterno no es la permanencia de una forma concreta, sino la continuidad de los procesos que sostienen la vida. El agua que bebemos ha recorrido océanos, nubes, montañas y ríos durante millones de años. Los átomos que forman nuestro cuerpo nacieron en antiguas estrellas y han sido parte de innumerables seres antes de llegar a nosotros. La energía que nos anima hoy no surge de la nada ni desaparece al final de nuestros días: simplemente continúa su viaje bajo otras formas.

Quizá nuestro error sea confundir eternidad con inmovilidad. Nada en la naturaleza permanece igual y, sin embargo, todo continúa. El árbol pierde sus hojas para volver a florecer; el río cambia constantemente sus aguas sin dejar de ser río; las estaciones se suceden una tras otra en un ciclo interminable.

Nosotros también formamos parte de ese movimiento. Somos una expresión temporal de algo mucho más antiguo y más grande que nosotros mismos. La vida individual tiene un comienzo y un final, pero la trama de la que formamos parte no se interrumpe. Por eso, cuando observamos la naturaleza con atención, descubrimos que la muerte no es una excepción a las leyes del universo, sino una transformación más dentro de un proceso eterno.

Tal vez, entonces, la serenidad llegue cuando comprendamos que no estamos separados de aquello que perdura. Somos pasajeros en nuestra forma, pero participantes de algo que nos trasciende. Nos asusta la mortalidad porque miramos nuestro límite; nos reconforta la eternidad cuando comprendemos que siempre hemos formado parte de ella.

Una de las mayores contradicciones de nuestra época sea que admiramos el crecimiento, la juventud y la productividad, pero nos cuesta reconocer el valor de la vejez. Vivimos en una cultura que mide a las personas por lo que producen, por la velocidad con la que actúan o por la energía que aparentan tener. Cuando esas cualidades disminuyen, corremos el riesgo de considerar que la persona también disminuye.

La vejez suele ser contemplada como una pérdida cuando podría ser entendida como una transformación. La energía ya no se expresa en la fuerza física ni en la urgencia de conquistar el mundo. Se manifiesta de otra manera: en la experiencia acumulada, en la capacidad de observación, en la memoria, en la paciencia y, muchas veces, en el silencio.

Sin embargo, la sociedad a menudo margina a las personas mayores. Les habla como si hubieran perdido criterio, les ofrece esos elogios superficiales —»qué guapo estás», «qué bien te conservas»— como si la apariencia siguiera siendo la medida principal de su valor. Se olvida que detrás de cada rostro envejecido existe una biografía completa, una vida llena de luchas, amores, pérdidas, aprendizajes y decisiones.

Dignificar la vejez significa reconocer que una persona no pierde dignidad cuando pierde fuerza. La dignidad no depende de la productividad ni de la juventud. Una montaña no deja de ser majestuosa porque haya sido erosionada por el tiempo; un árbol centenario no pierde valor porque ya no crezca con la rapidez de sus primeros años.

Es cierto que en la vejez la energía mengua. El cuerpo reclama pausas, los movimientos se vuelven más lentos y las palabras más escasas. Aparece el silencio. Pero ese silencio no siempre es vacío. A veces es el espacio donde sedimenta toda una vida. Es un silencio lleno de recuerdos, de comprensión y de una perspectiva que solo concede el paso de los años.

Tal vez una sociedad verdaderamente madura sería aquella capaz de ver en sus mayores no una versión incompleta de lo que fueron, sino la culminación de un recorrido humano. Porque la última etapa de la vida no debería ser ocultada ni compadecida, sino respetada. Del mismo modo que admiramos el nacimiento de una flor, deberíamos aprender a admirar la belleza serena de sus últimos pétalos antes de regresar a la tierra.

Dignificar la vejez es, en el fondo, dignificar nuestro propio destino. Es reconocer que todos caminamos hacia ese lugar y que el valor de una vida no se mide por la cantidad de energía que conserva al final, sino por la huella que deja a su paso.

 

Quizá el primer paso para dignificar la vejez sea algo tan sencillo como recordar que una persona mayor sigue siendo un adulto.

He conocido muchos lugares dedicados al cuidado de personas mayores donde la infantilización forma parte del trato cotidiano. Luis se convierte en «Luisito». Marta pasa a ser «Martita». Sin mala intención, se utilizan diminutivos, tonos paternalistas y expresiones que rara vez emplearíamos con cualquier otro adulto.

Sin embargo, cuando una persona se presenta, no suele decir: «Me llamo Luisito» o «Me llamo Martita». Dice: «Me llamo Luis» o «Me llamo Marta». Son ellos quienes, si la relación prospera y existe confianza, pueden invitarnos a tutearlos o a utilizar un nombre más cercano. La familiaridad es un privilegio que se concede; no una libertad que debemos tomarnos.

Lo mismo sucede con ciertos elogios. Decir a una mujer de ochenta años «qué guapa estás» puede parecer amable, pero a veces encierra una contradicción que ella percibe. Nuestra cultura asocia la belleza a la juventud y, al hacerlo, convierte el cumplido en algo artificial o que no encaja. Es diferente decir: «Tienes buen aspecto», «Esa prenda te favorece» o «Me alegra verte tan bien». Son expresiones que reconocen a la persona sin obligarla a encajar en un ideal de juventud que ya no le pertenece.

Porque la vejez no es una versión defectuosa de la juventud. Sencillamente es otra etapa de la vida.

En la niñez hay toda una reserva de energía por derrochar. Basta acercarse a cualquier colegio durante la hora del recreo. Todo son carreras, gritos, risas, juegos y alboroto. Los niños parecen impulsados por una fuente inagotable de energía. Los monitores escolares están allí para servir el almuerzo y poner orden en medio de aquella alegre algarabía.

La escena es muy distinta en una residencia geriátrica. Allí suele haber silencio. Recuerdo la impresión que me produjo entrar por primera vez en el comedor de un centro de mayores a la hora del almuerzo. Donde esperaba encontrar conversación y ruido encontré silencio, Un silencio sereno, profundo, casi tangible.

En la vejez queda poca energía por dosificar. En la niñez, toda la energía por despilfarrar.

¿Sorprende que una misma persona pueda cambiar tanto entre ambos extremos de la vida?

Y, sin embargo, se trata de la misma persona.

Entre ambos extremos transcurre la aventura de una vida entera: aprender que la energía no es solo fuerza, sino también atención, afecto, presencia y sentido.

Aquellos rostros surcados de arrugas reflejan el peso de una historia completa. Cada línea habla de preocupaciones, alegrías, tristezas, amores, sacrificios y aprendizajes. Vivir desgasta. No hay crema capaz de borrar las huellas de ochenta años de existencia. Tampoco existe tratamiento alguno que pueda insuflar la energía de la juventud a un cuerpo anciano.

No queda otra que aceptar el paso de los años.

Aun así, vivimos en una sociedad empeñada en ocultarlo. Compramos productos con ácido hialurónico, seguimos dietas milagro y buscamos terapias antienvejecimiento. Hablamos de los años que «todavía tenemos» en lugar de los años que ya hemos vivido. Intentamos alejarnos simbólicamente de la vejez, como si negar su existencia pudiera impedir su llegada.

Quizá esa actitud explique por qué nos cuesta mirar de frente a quienes ya han llegado a ella.

Ellos están ahí, testimonios silenciosos de su paso por la vida. Nos recuerdan algo que preferimos olvidar: que el tiempo avanza hacia adelante.

Nosotros también hemos sido niños. También hemos corrido durante el recreo, hemos gritado de alegría y hemos sentido que la vida era infinita. Hoy simplemente hemos llegado hasta el momento presente. Nada más. No sabemos qué nos depararán los próximos años ni qué huellas dejará el tiempo en nuestro rostro.

Por eso dignificar la vejez significa mucho más que proporcionar cuidados materiales. Significa proteger la vulnerabilidad, especialmente cuando aparecen enfermedades como la demencia. Significa escuchar antes que corregir, acompañar antes que dirigir y respetar antes que decidir por ellos.

Significa comprender que la dignidad humana no depende de la productividad, de la belleza ni de la fuerza física.

Dignificar a las personas mayores es honrar la historia de su paso por la vida.

Y también la nuestra.

Porque algún día nuestro rostro reflejará el peso de los años, el silencio ocupará el lugar del ruido y nos quedará poca energía por dosificar. Cuando llegue ese momento, desearemos que quienes nos rodeen sean capaces de ver en nosotros no lo que hemos perdido, sino todo lo que hemos vivido.

En definitiva, «En la niñez hay toda una vida de energía por derrochar. En la vejez queda poca energía, pero toda una vida para enseñarnos dónde merece la pena gastarla.»

 

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