Hay muchas personas en diferentes sectores prestando servicios los fines de semana mientras otros disfrutan… pienso no solo en cuidadores de personas mayores sino también en otros sectores, en sanidad, emergencias, en hostelería, transporte…profesionales dedicados a que todo salga bien. A pesar de que trabajar los fines de semana no me entusiasma, a mi este servicio no me pesa, porque me gusta servir. Sé que sirvo de puente para la realización de un deseo, que no es otro que poder abrazar a la familia. A pesar de que ellos no pueden conducir por la edad, yo sí puedo; y pienso en lo afortunada que es la señora de poder visitar a su hermana, abrazarla, y lo mucho que echo en falta a la mía, que ya falleció Salimos del punto de origen donde viven los usuarios al punto de destino, un pequeño municipio de la cordillera cercana a la frontera con Francia. y a lo largo de estos 25 o 30 km que dura el viaje hablamos y a ratos nos quedamos en silencio, que aprovechamos para disfrutar del paisaje verde. Precisamente en este silencio me imagino transportar la mercancía más valiosa, perfumes, telas de seda, diamantes o piedras preciosas, inciensos, jabones, en fin… lo que me haya pedido el universo, y mi trabajo consiste precisamente en amar todo este recorrido y protegerlo.
De niña, Recuerdo preguntar a mis padres quién había hecho las montañas, y me dijeron que Dios. No sé si Dios existe en realidad, o si bien cada uno de nosotros lleva reflejada una parte de divinidad en su interior. Nos empeñamos en vivir en un mundo mental de límites y fronteras, a pesar de las facultades inagotables que tenemos para recordar, para razonar, imaginar… facultades que solo utilizamos de vez en cuando, cuando necesitamos ayuda del mundo invisible.
Así como somos seres espirituales viviendo una experiencia física y nuestro cuerpo es el vehículo en el viaje de nuestra evolución, pienso que nuestro planeta también tiene espíritu. El planeta tierra está vivo. Toda la tierra contiene sabiduría. Para escucharla y aprender, solo debemos mantener la mente abierta y escuchar lo que transmite ese mundo que a primera vista no se ve.
De la misma manera que las ideas germinan y se materializan, también una semilla se transforma en árbol, y un embrión en ser humano. El secreto para todo ello es vivir todo el proceso con paciencia y afectuosa dedicación.
Hace unos años aprendí a abrazar los árboles y sentir la energía que transmitían. Créeme si te digo que todo ello infunde paz, relax. Me admirar las diferentes tonalidades de verde mientras viajo. Algunas veces circulo por las estrechas carreteras de la cordillera, y veo que muchos otros hacen lo mismo que yo, querer perderse por lugares poco transitados para ver toda la energía viva en su máximo esplendor. Es legítimo querer vivir mejor, lejos de la ciudad: tiene su mérito ser capaz de soportar colas de coches de dos o tres horas de ida y otras de vuelta para sentirse más conectado, sentirse parte de algo más grande…
En estos viajes que disfruto plenamente, sin prisa ninguna, en lo alto de algún cerro aparece una pequeña iglesia, y me imagino cómo sería antiguamente la vida en esas casas solitarias que se vislumbran en el paisaje.
Porque En épocas olvidadas de nuestra memoria, el calendario se regía por la cosecha y el paso de las estaciones era motivo de celebración; la posición del sol a lo largo del año marcaba cuando debían festejarse las los eventos importantes de la vida de la gente. Las personas que vivían cerca de las cumbres se reunían y festejaban alrededor de esas pequeñas iglesias la rueda de un año tras otro, su paso por la vida, en una vida mística y natural, estrechamente vinculada a los ciclos astronómicos.. En las montañas teñidas de verde en primavera, con los prados llenos de flores y bajo el azul intenso del cielo se sentía –y se siente todavía- una conexión cósmica difícil de explicar a la gente que vive en la ciudad. No se puede tener todo: quien ha ido olvidando el ritmo de esos ciclos, tiene en cambio el acto de vivir apresurado y ser testigo en primera persona cómo se transforma y progresa el mundo a ritmo vertiginoso, a costa también de mucho sufrimiento.
Si sales a pasear te darás cuenta que el consumo atrapa. Falta tiempo para cultivar un pequeño huerto o tener un patio lleno de macetas con flores de colores vibrantes. Muchos de ellos yacen olvidados ahora, bien porque sus dueños se han hecho mayores, o bien los hijos trabajan y sucumben al algoritmo y a las series de TV.
El mundo de las plantas tiene su propio ritmo y pocos apuestan en esa de materializar procesos. Créeme si te digo que quien vive en estrecha comunión con su espacio natural mantiene una calidad de vida y una emoción que muchos han perdido. El verano provoca gozo y entusiasmo, y el invierno, pesadumbre y temores sombríos… no en vano las depresiones son peores en invierno, cuando hace frío. De la misma manera que EL invierno prepara la primavera, hay que creer en la sanación, que las depresiones también mejoran o se curan.
En algún momento del progreso y en la forma de interpretar el mundo, quizá en el desarrollo de la vida urbana y las ciudades, ese vínculo con lo natural desapareció. LA ciudad, con sus formas apresuradas y sus edificios de oficinas proporciona un paisaje sin estaciones. El trabajo es el mismo los días de nieve que los días calurosos, de manera que las emociones no van al compás de los ciclos naturales de la vida.
Así, al liberarse de la dependencia de los ciclos naturales que trae un paisaje de luces de neón, viendo la vida pasar a través de los cristales de las oficinas, forzosamente hay que adoptar sentimientos artificiales sin correspondencia cósmica.
La primavera entonces se vive de forma estética, volcada en la apariencia externa. Los escaparates de las tiendas hablan de moda y complementos, los colores que van a llevarse esta temporada mientras los expertos en moda influyen en la mente de la gente, que no quieren otra cosa que vendernos tanto como puedan, y con menos conciencia mejor. Sin ningún atisbo de racionalidad compramos más.
Siente la plenitud de la vida, vuelve tanto como puedas a sentir el paso de las estaciones, especialmente la primavera, vive su fuerza expansiva y su calidad poética. Para ello incorpora el verde a tu vida cotidiana.
El profesor de ecología urbana, Cecil Konijnendijk ha creado la fórmula 3-30-300. Este es un modelo que busca transformar las ciudades en modelos más saludables, para recordarnos la importancia del verde en nuestra vida cotidiana.
Si ves 3 árboles desde la ventana de tu casa,
Si tu barrio tiene una cobertura al menos de 30% vegetal,
Vives a menos a 300 mts de un parqueo espacio verde
¡Felicidades! Te hallas en condiciones de tener una mejor salud mental, mejorar tu salud física y reducir el estrés.
Porque ver naturaleza desde la ventana tiene beneficios psicológicos medibles. Ver árboles desde tu casa mejora tu estado de ánimo. Sé que no siempre podemos cambiar el exterior, pero si que puedes incorporar vegetación propia en balcones, patios,o terrazas para mejorar tu salud. También crear “paisajes interiores con plantas naturales que al mirarlas, aporten calma y te hagan comprender que la vida es cíclica, que no todos los factores dependen de ti y algo muy importante para cualquier persona, pero para ti, especialmente si cuidas de otras personas: : que las pérdidas deben aceptarse, porque no todas las plantas prosperan, a pesar de tu empeño por mantenerlas con vida. Es todo ello una alquimia cotidiana desacelerada, tangible y silenciosa
Aprovecha a salir a caminar. Dar vueltas por el parque te libera de pensamientos negativos. Ver árboles, poder descalzarse y tocar la hierba con los pies ayuda a volver a sentir este vinculo perdido, a reconectarse de nuevo. Por eso que pasear es tan beneficioso, porque mejora el ánimo, potencian el bienestar emocional y cognitivo. El cuerpo ha sido diseñado para moverse. Piensa que cada cuerpo adulto tiene 206 huesos, 650 músculos, 150.000 km se nervios y unos 5 litros de sangre, ¿cómo es que no vamos a poner esa energía en movimiento?
Recuerdo hace unos años estar viviendo una situación de pareja bastante mala, en un entorno cerca de los montes de Toledo. Mis niveles de estrés se habían disparado, y algo de ello le estaba contando a mi doctora del centro de salud. Me dijo simplemente, que me fuera cada dia a dar una vuelta por el monte a relajarme. La relación de pareja no mejoró, más bien empeoró, jeje; eso sí, yo comencé a disfrutar del beneficio de aquellos paseos, y fue mucho mejor que tomar cualquier antidepresivo. Porque las emociones, las enfermedades del alma no se curan con pastillas.
Así que, si quieres vivir mejor, conecta con los ciclos naturales de la vida, muévete, atrévete a luchar por hacer realidad aquello que tanto deseas y desarróllate para convertirte en tu mejor versión. Conviértete en alquimista de tus propios pensamientos, aunque hay que aceptar las reglas de la jardinería, reales como la vida misma: aceptar que aunque tú pongas todo tu empeño hay temas que no prosperan, de manera que hay que seguir adelante con el milagro de la vida, una auténtica bendición para todos.




0 comentarios